Casi siempre que subo al microbús en un día soleado hago una reflexión no muy breve para decidir si me siento en la fila de la derecha o de la izquierda. La idea es acertarle a la fila donde me llegue el sol o la sombra la mayor parte del viaje, dependiendo de si el día está frío o caluroso. Para decidir considero en primer lugar la posición del sol, pero como el viaje nunca es lineal y muchas veces incluye giros de noventa y hasta ciento ochenta grados(vivo en Valparaíso, ciudad de calles sinuosas y con mucha pendiente), debo crear una imagen de la ruta a seguir en mi mente y así llegar a establecer cuál es la fila que se verá más beneficiada por el sol o la sombra. Como no hay mucho tiempo para pensar estando de pie en un microbús cuyo chofer generalmente anda apresurado, acabo sentándome sin estar absolutamente seguro de mi decisión, pero al menos con la idea de que debo haber acertado, pues algo lo alcancé a meditar. El problema, es que a fin de cuentas casi nunca le acierto a la fila a pesar de la reflexión. Cuando está caluroso, el sol de alguna forma se las ingenia para posicionarse justo frente a la ventana que está a mi lado, provocando que mi cara se arrugue para protegerse del maldito sol, y que mi cuerpo empiece a sudar incómodamente por todas partes. Cuando está frío, el sol se me escapa y se queda pegado en la posición justa en que su calor ni si quiera me roza un poquito, haciéndome padecer unos tiritones terribles. Para peor, cuando me doy cuenta de que he errado en mi decisión, busco con la mirada algún asiento libre en la otra fila, pero me doy cuenta que ya están todos ocupados. No me queda otra que aguantar la incomodidad hasta el final del viaje.
Lo curioso es que cuando algunas veces olvido hacer la famosa reflexión y me acomodo instintivamente en cualquier asiento, generalmente mi viaje es muy grato, supongo que porque he acertado.